Hace tiempo que los dispositivos wearables y sus apps conectadas dejaron de ser vistos solo como una moda y una herramienta de cuidado de la salud, para pasar a ser un trampolín de negocios mucho más grande. Cada wearable es un canal de captación masiva de datos hiperpersonalizados de tremenda utilidad para la industria de la salud y los cuidados –que está evolucionando a gran velocidad gracias a ellos– y especialmente para las aseguradoras, que antes no tenían una oportunidad tan grande para prever el riesgo de sus asegurados. Eso sí, para ello, los asegurados deben estar dispuestos a compartir esa información privada que registran sus wearables.

Los wearables son dispositivos cuya tecnología monitoriza, almacena y categoriza registros de la actividad física y el ritmo cardiaco de las personas que los llevan incorporados, así como determinados hábitos de vida más o menos saludables, como la ingesta cotidiana de calorías. Los más populares son las llamadas pulseras de actividad física.

El informe de la consultora KPMG Insurtech 10: Tendencias para 2019 sitúa la tecnología wearable como una de las más influyentes de este año en el sector seguros. “La salud es uno de los pocos ecosistemas naturales en los que las aseguradoras tienen una fuente de crecimiento”, argumentan. Por eso, las compañías que no incorporen la gestión de esa información personal a la comercialización de sus productos, o que tarden en hacerlo, «verán seriamente comprometido su futuro». Las conclusiones en particular advierten de que, “sin el acceso a esos paquetes de datos, las aseguradoras no serán capaces de gestionar riesgos o relacionarse con sus clientes”.

wearable - insur_space by MAPFRE

En el mismo informe, KPMG adelanta cuál será el siguiente paso en la explotación de estos datos personales sobre la condición física de las personas. A medida que su uso se extienda, que los asegurados acepten compartir la información y que las aseguradoras naturalicen la gestión de la misma, “se espera que haya un mayor uso de la tecnología genómica y epigenética para determinar la edad biológica de un cliente por encima de la cronológica”, lo que “probablemente alterará radicalmente los criterios para fijar el precio de los seguros de vida”. Es decir, que no solo fumar o tener antepasados con cáncer encarecerá las pólizas. Si un corazón no da señales de arritmias, su dueño puede obtener primas más baratas que otro que sí las tenga.

Pese a las proyecciones tan claras, la explotación de los wearables por parte de las aseguradoras va más despacio de lo que cabía esperar. Primero, hay que buscar las soluciones tecnológicas óptimas para ello. En esto, podemos destacar el papel crucial que están teniendo las insurtech como proveedores, no solo de tecnología, sino también de ideas, para las aseguradoras. En insur_space de MAPFRE estamos siendo testigos y protagonistas de ello. Además, la Fundación MAPFRE eligió entre sus finalistas para los Premios de Innovación Social a una startup española que ha desarrollado una pulsera wearable capaz de detectar arritmias cardiacas.

También hay que trabajar la confianza en las personas y construir una estrategia comercial sólida: hay que definir una fórmula óptima de atracción de asegurados que acepten compartir voluntariamente sus datos personales de salud y actividad física. Ya hay algunos ejemplos, como el de la aseguradora John Hancok, que hace un año lanzó “la póliza de vida que te devuelve dinero”, en función de cómo el asegurado vaya mejorando sus registros de actividad física con sus wearables conectados; y el de UnitedHealthcare, que llegó a regalar un Apple Watch a sus asegurados si cumplían una serie de objetivos diarios de actividad física.

Los wearables han llegado para quedarse y darán un giro de 180 grados al negocio tradicional de las aseguradoras, al pasar de un modelo reactivo –el pago de indemnizaciones– a un modelo proactivo –como proveedor de protección, e incluso de salud y bienestar–.

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